Vivimos rodeados de mensajes que nos empujan a alcanzar “una mejor versión” de quienes somos. Parece como si siempre hubiera algo que mejorar, un nuevo hábito que adoptar, una meta que alcanzar. Pero, ¿qué significa realmente crecer, mejorar, alcanzar una mejor versión? ¿Y si el crecimiento no tuviera que ver con perseguir algo nuevo, sino con habitar el presente?
El crecimiento no siempre implica cambiar o sumar cosas nuevas. A veces, se trata de hacer espacio: para escucharnos, cuestionar lo que hemos aprendido, soltar lo que ya no nos sirve y vernos con más claridad. Nos han enseñado que crecer es como subir escalones, avanzar siempre, sumar, pero quizás el verdadero crecimiento ocurre cuando dejamos de acumular y comenzamos a despejar el camino. Soltar lo que pesa, lo que no nos pertenece, lo que nos aleja de nuestra propia voz.
Quizá el crecimiento no sea un proceso de cambio, sino de presencia. Un crecimiento que surge cuando dejamos espacio para escucharnos, para realmente conectar con lo que ya somos, sin expectativas ni metas fijas. Es fácil quedar atrapado/a en la idea de que siempre necesitamos ser mejores, pero ¿y si el verdadero crecimiento ocurriera cuando nos detenemos a habitar quienes somos en este momento, sin prisas, sin comparación?
A veces, no se trata de correr hacia adelante, de ser mejores, sino de entrar plenamente en la presencia de quienes somos ahora. La verdadera evolución no se mide por el ritmo con el que avanzamos, sino por la profundidad con la que nos permitimos estar. Y desde ahí, el cambio llega sin presión, sin lucha. Crecer no siempre significa avanzar; a veces, significa profundizar en lo que ya somos.
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